La ecoteología debe su constitución al impacto que la creciente sensibilidad ecológica ha producido en la teología, su racionalidad y sus narrativas. Esta conciencia ecológica ha llevado a la teología a revisar paulatinamente algunos de sus supuestos, a profundizar sus formas de hablar, por ejemplo, sobre Dios, la creación y el ser humano, y a formular nuevas preguntas. La ecoteología ha desplegado una crítica cultural desde el cristianismo a los valores, creencias y actitudes que están en la raíz de la crisis ecológica. Un ejemplo son las nociones de cultura del descarte de antropocentrismo desviado que propone Laudato si´ para comprender los desafíos socioambientales que enfrentamos. También, su reflexión sobre el paradigma tecnocrático dominante en la actualidad. Desde estas categorías se hace evidente –en contraste con la propuesta cristiana– que la crisis ecológica está asociada al no-respeto irrestricto de la persona humana, a la consideración meramente instrumental de las demás criaturas y al olvido de los fines propios de nuestra acción en el mundo. La noción de ecología integral es particularmente interesante en esta perspectiva. Proveniente de la reflexión teológica, el Papa Francisco la utiliza para transmitir la íntima conexión entre los problemas ambientales y los desafíos sociales, ya que “no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (LS, 49). El cuidado de la casa común y la ecología integral, por su parte, ya han sido propuestas por el magisterio eclesiástico como elementos no secundarios de la experiencia cristiana, pero llevará tiempo hasta que esta perspectiva sea asumida plenamente por las iglesias y comunidades locales.