Faure confesó que su vocación a la educación personalizada la motivó la espiritualidad de San Ignacio de Loyola, que es ante todo interiorización y acción de signo católico. En los Ejercicios Espirituales Faure encontró, más que prácticas aisladas, un espíritu y una organización pedagógica, que le inspiraron la idea de los momentos didácticos para favorecer el trabajo personal de los alumnos. De ahí vino, también, el rol del educador como el que abre los horizontes, en lugar de transmitir contenidos. Algunos otros aspectos inspirados por el método educativo jesuítico fueron la emulación, la organización de grupos pequeños de trabajo, la progresión didáctica. El enfoque pedagógico faureano 3 se basa en seis principios, como elementos ´no negociables´ que deben iluminar la marcha pedagógica. La Personalización es el trabajo del alumno para concientizarse, identificar los llamamientos para ser más, definirse y situarse de modo propio en el mundo. Autonomía y Libertad, como el ejercicio de la persona para rechazar los condicionantes contrarios a su dignidad, y para asumir todo lo que la promueva, poniendo en movimiento todas sus potencialidades. La Actividad, que surge del interior de la persona, ya sea de forma espontánea o por sugerencia de alguien, cuya importancia para el aprendizaje es reconocida por la autogénesis. La Creatividad, entendida como aptitud para innovar o alterar caminos y soluciones en la vida. La Sociabilidad, la cual lleva la persona a ponerse en interacción con los demás, pues es un factor indispensable para el enriquecimiento personal. Finalmente, la Trascendencia, el ejercicio de la inteligencia espiritual, a través del reconocimiento de la propia contingencia y la apertura al sentido de la vida.