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Memoria del futuro
El Padre Jorge Cela nos habla del valor de la perspectiva histórica para comprender mejor cómo responder hoy, a las demandas de la modernidad en nuestros apostolados, sobre todo los de fronteras geográficas o existenciales.

Palabra de la CPAL: Memoria del Futuro


Muchas veces me he preguntado, visitando museos o sitios históricos, por qué están diseñados para recibir turistas. ¿No sería mejor que fueran espacios de construcción de la identidad colectiva? Nuestros recuerdos coloniales, ¿no debían hacernos presentes las poblaciones traídas de África o las encomiendas indígenas como manera de cuestionar nuestras pobrezas y exclusiones de hoy? ¿No debían ser la memoria que nos permite construir un futuro mejor? ¿Algo así como el Museo de la Memoria de Santiago de Chile?

Así los sitios y tiempos para recordar la historia de la Compañía deben ser espacios de la memoria de nuestro futuro. Donde reencontremos la identidad que nos constituye como cuerpo, donde podamos redescubrir elementos para discernir nuestra misión común.

Vistos desde esta perspectiva nuestros archivos históricos, el patrimonio artístico, las ruinas de la reducciones del Paraguay o las iglesias vivas de Moxos y la Chiquitanía, el patio del colegio de Sao Paulo, o la lechuga colombiana, ¿no debían ser invitaciones a cuestionarnos nuestros estilos y compromisos de hoy?

El Padre Kolvenbach nos insistía en la fidelidad creativa que nace de esta capacidad de leer nuestro pasado como forma de discernir nuestro futuro.

El reciente encuentro en Lima del Grupo más nuevo de la CPAL, de Historia, Memoria y Patrimonio, me ha despertado estas inquietudes. Acompañarlos un par de días me ha confirmado en la importancia de crear este grupo de trabajo en red, no sólo para ayudarnos a conservar mejor nuestra historia y patrimonio, sino para hacerlos piezas de discernimiento para nuestro presente.

Quisiera mencionar sólo algunos temas cuyo estudio quizá pudieran iluminarnos en esta búsqueda:

Hoy nos debatimos en la búsqueda de formas de financiamiento para nuestras obras sociales menos dependientes de capitales foráneos. Sería interesante redescubrir el sistema de mantener las misiones entre indígenas con nuestras haciendas y obras apostólicas. Después de la restauración parece que formas anteriores de solidaridad apostólica dieron paso a la preocupación por la sostenibilidad económica de las grandes instituciones, que sólo era posible centrándose sobre sí mismas. El estudio de otras épocas, ¿no podría iluminarnos para reinventar nuevas fórmulas?

Hoy tenemos una tendencia a identificar el apostolado intelectual con el trabajo de las instituciones universitarias. Indudablemente estas tienen que ser centros de producción de pensamiento, incluso para ser buenas instituciones educadoras. Pero nos tiene que cuestionar que los mejores intelectuales de la Compañía anterior a la supresión estaban en las misiones produciendo arte, geografía, sistemas de producción y gobierno, música y literatura y hasta cañones. Eran intelectuales orgánicos que dieron un impulso extraordinario al trabajo misionero entre los más excluidos. No eran sólo intelectuales de biblioteca. ¿No tendríamos mucho que aprender para la necesaria profundidad de todos nuestros apostolados, sobre todo aquellos de fronteras geográficas o existenciales?

El tema de la colaboración en la misión es central en las reflexiones de la Compañía hoy. Nos entronca con la eclesiología del Vaticano II y nos plantea una nueva forma de construir la misión de los sacerdotes y de la vida religiosa. Y pienso en las reducciones, en su mayoría con sólo dos jesuitas (únicos europeos) para llevar todo el trabajo de gobierno, economía, educación, producción cultural y evangelización. ¿Cómo fue posible si no con una gran participación muy cualificada de los indígenas en la construcción de aquella utopía?

Finalmente me pregunto cómo fue posible, a pesar de las distancias y las dificultades de comunicación entre las reducciones, que pudiera extenderse tan rápidamente el mismo proyecto con una gran flexibilidad para adaptarse a contextos y culturas diferentes. Más aún, cuando pensamos en el proyecto misionero incluyendo Asia y África, descubrimos una misma dinámica de inculturación de la fe, de diálogo intercultural, de empoderamiento de las otras culturas. ¿No nos inspira esto para nuestro trabajo en un mundo globalizado, en el que las redes se convierten en instrumentos de construcción de conocimientos y nuevas culturas, y de colaboración para las más diversas empresas, con la ayuda de una tecnología que nos permite comunicación global e inmediata? Ante la Congregación General que se nos acerca, ¿no tendríamos que incluir esta perspectiva histórica para comprender mejor cómo responder hoy a las demandas de nuestra modernidad tardía para incorporar en el gobierno las nuevas tecnologías, las visiones globales, la interculturalidad y las redes, como instrumentos de búsqueda de la voluntad de Dios como lo fueron para Ignacio las cartas, las consultas y la representación?

Ante el hecho que las instituciones han convertido a los profesos en los menos disponibles e itinerantes, ¿no tendríamos que preguntarnos por el peso de las instituciones para transformar nuestra flexibilidad y libertad, nuestra pobreza en las misiones centrales de la Compañía?

¿No deberíamos estudiar en profundidad los momentos y causas que han debilitado la integración de nuestra espiritualidad, comunidad y misión convirtiendo estas tres dimensiones en compartimentos estancos casi independientes?

Pienso en la Eucaristía como memorial de nuestra redención. No es simple recuerdo. Es actualización de la memoria que se convierte en transformadora del presente y creadora del Reino que esperamos. Que la Eucaristía nos inspire en este camino de construcción como cuerpo desde la fidelidad creativa.

Jorge Cela, S.J.
30/04/2016 - Maritza Barrios